Historia y fundamentación de la bioética liberal

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Tal vez uno de los principales problemas con los que ha tenido que enfrentarse la bioética a lo largo de casi cuarenta años de vida es lo que diversos autores denominan como el “problema del método” (Arras, 2016). El nacimiento de la bioética en Occidente, liderado en gran parte por las discusiones adelantadas en la Comisión Nacional para la Protección de los Sujetos Humanos ante la Investigación Biomédica y de Comportamiento (1974-1978) a raíz del conocido Experimento Tuskegee, puso de manifiesto la dificultad que representa la construcción e implementación de protocolos, estrategias o principios que pudieran regular de forma efectiva pero, sobre todo, éticamente responsable, el quehacer de la práctica científica en su relación con los seres humanos.

Tal vez uno de los principales problemas con los que ha tenido que enfrentarse la bioética a lo largo de casi cuarenta años de vida es lo que diversos autores denominan como el “problema del método” (Arras, 2016). El nacimiento de la bioética en Occidente, liderado en gran parte por las discusiones adelantadas en la Comisión Nacional para la Protección de los Sujetos Humanos ante la Investigación Biomédica y de Comportamiento (1974-1978) a raíz del conocido Experimento Tuskegee, puso de manifiesto la dificultad que representa la construcción e implementación de protocolos, estrategias o principios que pudieran regular de forma efectiva pero, sobre todo, éticamente responsable, el quehacer de la práctica científica en su relación con los seres humanos.

Origenes: El informe de Belmont

El "Tuskegee Study of Untreated Syphilis in the Negro Male", también conocido como "Tuskegee Syphilis Study" o "Tuskegee Syphilis Experiment" fue un estudio clínico desarrollado bajo parámetros no éticos y maliciosos por el Servicio de Salud Pública de los Estados Unidos entre los años 1932 y 1972. El propósito de esta investigación era observar la progresión natural de la sífilis no tratada en hombres rurales afroamericanos en Alabama bajo el pretexto de, entre otras cosas, recibir atención médica gratuita del gobierno de los Estados Unidos. El estudio se llevó a cabo para comprender la historia natural de la enfermedad a lo largo del tiempo, y también para determinar la dosis adecuada de tratamiento para personas específicas, así como el mejor momento para recibir las inyecciones del tratamiento. El problema, tal y como lo destacan diferentes historiadores, radicaba en el hecho de que los miembros del comité científico se negaron a entregar las dosis de penicilina necesarias para tratar la enfermedad, justamente, en aras de determinar qué era lo que sucedía con el cuerpo humano cuando no se combatía el virus.

Tal y como lo destaca Evans, la controversia suscitada con motivo de las atrocidades cometidas a lo largo de este experimento obligaron al gobierno norteamericano a tomar decisiones de fondo en materia ética, disciplinaria y sancionatoria; por lo que dicha coyuntura se convirtió en un escenario inmejorable para que la reciente doctrina personalista sentara las bases de esta discusión (Evans, p. 48 – 52). El personalismo, recordemos, defiende la idea según la cual, los criterios morales que rigen las acciones de los científicos e investigadores deben ser encontrados en la naturaleza personal del hombre. Esto quiere decir que la ética tiene la tarea de juzgar, identificar y ordenar el complejo horizonte de las acciones humanas en aras de precisar aquellas expresiones y prácticas que confirman, posibilitan y defienden la plena realización del hombre y de los valores cristianos. Se trata, en últimas, de una doctrina preocupada por defender el carácter sagrado y excepcional de la vida humana a través de la articulación de principios que promueven la realización de un determinado proyecto de vida. No obstante, siguiendo esta idea, tal vez uno de los momentos más interesantes de la controversia desatada por el “Experimento Tuskegee” es la aparición de la postura defendida por Tom L. Beauchamp y James Childress en el marco del Informe de Belmont , ya que, de acuerdo con diferentes historiadores de la bioética, su presencia en la Comisión que elaboró este informe contribuyó a la aparición de una de las tradiciones bioéticas más importantes y representativas: la “bioética liberal” (Evans, p. 57 – 58).

El Informe Belmont (1978) resumen los principios éticos fundamentales que deberán regir la investigación en seres humanos en territorio estadounidense, a propósito de la controversia desatada por el “Experimento Tuskegee”. La Comisión, luego de múltiples discusiones entre posturas personalistas y liberales, logró identificar tres principios básicos, a saber: el respeto a las personas, la beneficencia y la justicia. Así mismo, la Comisión señaló tres áreas de aplicación: el consentimiento informado, la evaluación de riesgos y beneficios, y la selección de sujetos.

Siguiendo este orden de ideas, una de las principales preocupaciones de Beauchamp y Childress era la identificación de un método de validación moral a través del cual fuera posible ofrecer un marco analítico para la toma de decisiones en bioética. Según esta doctrina, la coyuntura del momento había demostrado que las estructuras principialistas de naturaleza legal presentaban una serie de problemas vinculados a su aplicación: los agentes conocían la norma, pero dentro del proceso de ejecución del principio las conclusiones no eran las que se esperaban. A su juicio, los criterios substantivos sobre los que descansaba la teoría eran incapaces de dar cuenta de las raíces éticas o morales que sostenían cada principio y, además, las estrategias de validación con las que se justificaba cada curso de acción eran demasiado imprecisas al momento de solucionar las controversias bioéticas del momento.

Diferenciación con la Bioética Personalista

Siguiendo esta idea, era necesario encontrar una doctrina bioética que posibilitara cierta destreza en el terreno de la toma de decisiones, por un lado; pero también, se requería de una teoría que fuera capaz de dar cuenta de las circunstancias sociopolíticas del momento. Sobre todo, se necesitaba de una aproximación que fuera capaz de responder adecuadamente a la siguiente pregunta: ¿existe una perspectiva privilegiada a partir de la cual sea legítimo ordenar las visiones, creencias y actos de los individuos antes de que estos se realicen? O, dicho de otro modo: ¿qué debemos hacer con aquellas interpretaciones de la vida humana que prescriben una serie de prácticas y compromisos específicos como sucede con el personalismo? (May, p. 16 – 18). Según Max Charlesworth, uno de los principales problemas de la bioética es su tendencia a abstraerse de las condiciones sociopolíticas en las que se enmarcan sus juicios y decisiones. El Experimento de Tuskegee, por ejemplo, constituye una instancia ejemplar desde la que se puede observar de qué manera la ausencia de procedimientos y justificaciones morales bien estructuradas puede provocar graves violaciones a los derechos de las personas. La abstracción en este tipo de discusiones es una tendencia contra la que se debe luchar. Siguiendo esta idea, Charlesworth afirma que la toma de decisiones sobre estos temas diferirá radicalmente en una sociedad liberal democrática en comparación con cualquier tipo de sociedad no liberal, ya sea teocrática, autoritaria, paternalista o "tradicional". Así, los valores inscritos en cada sociedad determinan las licencias y prohibiciones a las que se deben enfrentar los razonamientos de la bioética. Por ejemplo:

En una sociedad liberal, la autonomía personal, el derecho a elegir la forma en la que se quiere vivir, es el valor supremo. Algunas consecuencias se derivan de la primacía otorgada a la autonomía personal en la sociedad liberal. En primer lugar, en una sociedad de este tipo existe una aguda escisión entre la esfera de la moralidad personal y la esfera del derecho. La ley no se ocupa de asuntos de moralidad personal, así como tampoco de la "aplicación de la moral". En segundo lugar, la sociedad liberal se caracteriza por el pluralismo ético, que permite que sus miembros mantengan una amplia variedad de posiciones éticas y religiosas (y no religiosas). En tercer lugar, aparte del compromiso con la primacía de la autonomía personal, no existe un consenso social determinado sobre un conjunto de "valores fundamentales" o una "moral pública" que la ley debe salvaguardar y promover

Charlesworth, p. 1 traducción propia

La respuesta a la pregunta por el lugar del personalismo y, en general, cualquier doctrina que asigne una lectura substantiva acerca de cómo debe comportarse el ser humano en una democracia liberal parecería quedar resulta, toda vez que en este tipo de comunidades no existen valores superiores al de la autonomía personal. Así las cosas, en la medida en la que los razonamientos de la bioética suelen convertirse en abstracciones demasiado complejas que, en diversas ocasiones omiten de forma deliberada su conexión con circunstancias específicas, la tarea del bioético es reflexionar a la luz del horizonte de creencias y prácticas sociales en las que tiene sentido su ejercicio colocando en lo más alto la defensa de la autonomía personal de las personas. Así expuesto, el problema por la forma en la que la bioética debe enfrentarse con su carácter abstracto y al mismo tiempo específico, representa claramente, un interrogante de carácter metodológico. Siguiendo esta idea, a pesar de que el Informe de Belmont fue un momento determinante en el que todos estos debates tuvieron lugar, y en el que cada uno de los principios establecidos fue tematizado con mayor precisión a fin de evitar, justamente, la ambigüedad de la que habían sido víctimas, el estado de la bioética a finales de década de 1970 seguía siendo un territorio en plena construcción; de ahí que la publicación del clásico Principles of bioemedical ethics de Tom Beauchamp y James Childress en 1979 se convirtiera en un referente a la hora de entender en qué consiste la bioética liberal y, de qué manera logra hacerle frente a los problemas de carácter metodológico a los que se enfrentaba la disciplina de la bioética.

La moral común

Así las cosas, de acuerdo con Beauchamp y Childress, si pudiéramos estar seguros de que una teoría moral abstracta es una mejor fuente de códigos y políticas que la “moralidad común”, seguramente podríamos trabajar constructivamente en cuestiones prácticas y políticas especificando progresivamente las normas de esa teoría; sin embargo, en este momento no contamos con dicho recurso. ¿Qué podemos hacer? Según los autores de Principles, una buena manera de enfrentar el problema metodológico que atraviesa la bioética es la postulación de una especie de moralidad común, esto es, el mecanismo encargado de articular las diferentes normas de conducta humana que son socialmente aprobadas. En ese sentido, de acuerdo con Beauchamp y Childress:

a medida que nos desarrollamos como personas, vamos aprendiendo reglas morales y sociales, como las leyes. Posteriormente aprendemos a distinguir entre las reglas sociales generales, ejercidas globalmente por todos los miembros de la sociedad, y las reglas sociales particulares, creadas para miembros de grupos especiales, como los miembros que comparten una profesión

La moral común es una institución social con un código de normas relativamente fácil de aprender; de ahí que este recurso, ya conocido por teorías como el sentimentalismo moral, suela ser utilizado por algunas tradiciones éticas interesadas en la explicación del fenómeno de la moral a través del uso de principios y máximas. La moralidad común o el sentido común de la moral es, entonces, la idea según la cual, el sistema de creencias desde el que los seres humanos explican, justifican y ejecutan sus acciones es una guía implícita que se aprende de forma inconsciente a través de la socialización. Una de las consecuencias más interesantes de este planteamiento es el reconocimiento del papel que desempeñan las circunstancias socioculturales al interior de la conformación de los juicios éticos. Así, frente al problema de la abstracción en la bioética, Beauchamp y Childress postulan un mecanismo que permite visibilizar el papel que tienen las condiciones sociopolíticas de la comunidad, al mismo tiempo que funciona como una especie de superficie desde la cual es posible instituir principios de acción dispuestos a orientar el comportamiento de los hombres. Este movimiento resulta fundamental pues gran parte de los problemas del principalismo descansan, precisamente, en la ausencia raíces que permitan justificar la validez de dichos principios. Así las cosas, de acuerdo con Beauchamp y Childress, no podemos esperar que una teoría moral inherentemente deliberativa centrada en el diseño de reglas de deducción sea la mejor alternativa para la toma de decisiones prácticas, antes bien, debemos recurrir aquella moralidad que opera como una herencia compartida o común, ya que esta nos permitirá aplicar principios, normas y criterios de validación que no necesitan una justificación trascendental, al estilo de la deontología kantiana, sino que están en gran medida en el seno de las prácticas más cotidianas de los actores.

Principios éticos como fundamento de toma de decisión

Tal y como ha sido mencionado, las doctrinas bioéticas surgen de la necesidad de regular la praxis de las ciencias naturales con relación al comportamiento y la naturaleza del ser humano. Siguiendo esta idea, el enfoque desarrollado por Beauchamp y Childress pretende resolver una buena parte de los problemas con los que se encontraban los científicos y los médicos a la hora de aplicar tratamientos y tecnologías a seres humanos; no obstante, el valor agregado de esta propuesta es la articulación de cuatro grandes principios fundamentales o prima facie a partir de los cuales se deben regir las decisiones y cursos de acción de aquellas instancias que regulan el ejercicio biomédico o biotecnológico de los científicos. Tales principios son: autonomía, beneficencia, no maleficencia y justicia. Cabe aclarar que para la Psicología, el debate y la construcción en bioética ha avanzado y en la actuliadad se proponen la Declaración universal de principios éticos para psicólogas y psicólogos como aquellas que deben regir el actuar del psicólogo en todo momento.

Ahora bien, a diferencia de lo que sucede con la tradición personalista (un enfoque que también es de naturaleza principialista), el origen, validez y justificación de del principalismo de Beauchamp y Childress no depende de ninguna valoración previa sobre la vida humana (como la sacralidad de la vida), sino que se extrae de la idea liberal, según la cual, existe una pluralidad de visiones sobre el mundo que deben ser igualmente reconocidas, respetadas y protegidas por todos los miembros de una comunidad política. Adicional a esto, de acuerdo con Beauchamp y Childress, entre estos cuatro principios no existe ninguna jerarquía (a diferencia, por ejemplo, de la lectura personalista dentro de la cual el principio de la vida física es condición de posibilidad de los otros principios). Tal planteamiento, en principio, puede representar un problema metodológico, en la medida en la que no existe un principio absoluto a partir del cual se pueda juzgar los comportamientos de los individuos. Sin embargo, de acuerdo con Beauchamp y Childress, el hecho de que no existan principios absolutos se explica en virtud de que este tipo de estructuras pueden llegar a convertirse en configuraciones vacías e inútiles que no logran capturar la complejidad de una determinada situación. Para hacerle frente a este problema, Beauchamp y Childress exigen que cada uno de estos principios sea especificado en reglas particulares relativas a cada uno de los contextos en los que se necesitan (psicología, medicina, biología, farmacología, etc.). Ahora bien, suelen existir situaciones en las que, frente a dos principios y dos sistemas de reglas enfrentados, no es suficiente haber especificado los recursos normativos y, en consecuencia, es necesario realizar una ponderación. Esta figura, tal y como es presentada por Beauchamp y Childress, resulta fundamental para entender por qué razón los cuatro principios sean prima facie y no absolutos. Así las cosas, cuando hablamos de principios prima facie nos referimos a estructuras normativas que deben cumplirse siempre, a excepción de que existan otros principios o reglas que, dadas las circunstancias de la situación, exijan ser tratados de forma prioritaria. Por ejemplo, pensemos en la violación del secreto profesional en una circunstancia en la que la integridad de un tercero se encuentre en peligro. Allí, la autonomía, un principio prima facie, entra en conflicto con una situación en la que el principio de no maleficencia desempeña un papel mucho más importante. Aquí todos los principios tienen, a priori, el mismo valor; sin embargo, la situación es la que determina qué principio o regla juega un papel protagónico y cuál no.

Referencias

  • Arras, John. (2016). "Theory and Bioethics", The Stanford Encyclopedia of Philosophy (Winter Edition), Edward N. Zalta (ed.),disponible aquí.
  • Beauchamp, T. y Childress, J. (1999). Principios de ética biomédica. Barcelona: Masson, S.A.
  • Charlesworth M. (1993). Bioethics in a Liberal Society. Cambridge: Cambridge University Press.
  • Evans, J. (2012). The history and future of bioethics. A sociological view. New York: Oxford University Press
  • May, T. (2002). Bioethics in a liberal society. The political framework of bioethics decisión making. Baltimore: Johns Hopkins University Press
  • National Commission for the Protection of Human Subjects of Biomedical and Behavioral Research. (1978). The Belmont report: Ethical principles and guidelines for the protection of human subjects of research. [Bethesda, Md.]: The Commission.
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