Caso 7 - análisis

De ÉticaPsicológica.org

 Casos propuestos por Diana Milena García Beltrán de la Fundación Universitaria Konrad Lorenz recolectados por Irma Yannet Gomez de la Red de Prácicas en psicología - REPPSI y resueltos por Leonidas Castro Camacho, Ph.D.,  Miembro del Consejo Directivo Nacional de Colpsic, y Gerardo Hernández Medina, Asesor Jurídico externo del Colpsic

La relación que se establece entre un psicólogo y su usuario le permite el acceso a información personal y conocer a fondo al individuo, esto puede conllevar a confusión y al desarrollo de dilemas particulares. A continuación presentamos dos casos relacionados que se pueden presentar en la práctica diaria y el análiss de los mismos

1. ¿Qué debe hacer el psicólogo si un consultante le propone salir a cenar, asistir juntos a algún evento social o entablar una relación afectiva?.

La relación que se establece entre el terapeuta y su usuario es eminentemente profesional y se ubica dentro de lo que la Corte Constitucional denominó una relación personalísima, ello es que la relación que se establece entre el psicólogo y su usuario va más allá de lo que sería una relación profesional normal debido a que el psicólogo se adentra en la vida íntima a de sus usuarios, lo que puede volver vulnerable a este profesional.

Aunque la Ley 1090 de 2006 no hace un señalamiento directo sobre este aspecto, en el ordinal e del artículo 11, establece como una prohibición expresa para el psicólogo “Solicitar o aceptar prebendas o beneficios indebidos para realizar sus actividades”. Sin embargo se debe tener en cuenta que la relación entre el terapeuta y el paciente no es indefinida. De hecho, el código de la APA en su estándar 10.08 establece un período de dos años después de terminada la terapia en el que no se puede tener intimidad sexual con un antiguo paciente, aunque en ciertas circunstancias sí se admite después de los dos años. Mientras exista una relación profesional activa no debe haber otro tipo de relaciones, por dos motivos. Primero, porque el otro tipo de relación, por ejemplo, amistad, puede interferir con la objetividad en el proceso terapéutico o en la involucración de factores emocionales que pueden afectar el proceso mismo. En segundo lugar, porque puede dar lugar a relaciones de explotación, de conflicto de intereses, o a relaciones múltiples con las cuales el psicólogo puede estar obteniendo un beneficio personal de una relación profesional, lo cual se define como relación de explotación que trae consigo daño al paciente y al buen nombre de la profesión. Por otro lado, si la relación profesional ha terminado, es decir, si el caso se ha cerrado, podría no haber una objeción fundamentada a que se pueda establecer otro tipo de relación. Naturalmente, si después de establecida esa relación social o afectiva, la persona vuelve a solicitar los servicios del profesional, ya estaría impedido para aceptarla porque estaría contrariando el estándar de las relaciones múltiples y en este caso la remisión sería una alternativa de solución.

Por lo anterior, la recomendación para el psicólogo que recibe una invitación social de su consultante es evaluar cuidadosamente las implicaciones que esto tendría tanto para la relación profesional como para la afectación del principio ético de beneficencia. En la medida de lo posible la relación entre el psicólogo y su consultante debe permanecer dentro del campo estrictamente profesional, todo con el fin de evitar Relaciones Duales


2. ¿Qué debe hacer el psicólogo si durante la psicoterapia comienza a sentir atracción física por su consultante?

La relación terapéutica, por definición, implica empatía e involucración emocional como base para cumplir los objetivos terapéuticos. Aunque no hay evidencia que muestre que los factores de relación terapéutica son condiciones necesarias y suficientes para el cambio, claramente facilitan el logro de los objetivos. Dentro de este contexto, es posible que surjan sentimientos de atracción. Los sentimientos de atracción, como otros sentimientos, no constituyen en sí un problema. De hecho la atracción entre las personas, incluyendo los psicólogos, es un elemento normal de la experiencia humana.

El problema es cómo se reacciona a la atracción. Estos sentimientos de atracción, a su vez, dependen de las acciones o conductas tanto del psicólogo, como del participante. Si estos sentimientos normales de atracción se amplifican por las conductas de los involucrados, pueden llegar a aumentar en su nivel de intensidad hasta producir conductas o acciones que pueden constituir violaciones a los principios de la ética profesional. Uno de los elementos que tiene que tener en cuenta el psicólogo es su grado de vulnerabilidad. Es decir, la probabilidad de que el ser afectado emocionalmente pueda llevar a conductas que interfieran con su quehacer profesional o que puedan causar daño a sus consultantes. Si un psicólogo está atravesando una crisis emocional personal, lo cual interfiere con su trabajo, éticamente debe suspender su actividad profesional mientras se recupera. De la misma forma, el psicólogo es responsable por basarse en su juicio para decidir si los sentimientos de atracción física pueden llevar a conductas o acciones que interfieran con la naturaleza de la relación profesional o que violen los principios éticos. Las personas son responsables por lo que hacen, no por lo que sienten. Sin embargo, así como las acciones o conductas están influidas por los sentimientos, en este caso de atracción, los sentimientos dependen también de las acciones, es decir de las conductas, tanto del terapeuta como del consultante. Por consiguiente, el terapeuta tiene la obligación de evaluar el grado en el que sus sentimientos de atracción pueden afectar sus conductas, o pueden afectar el proceso terapéutico. En el caso en el que juzgue que es probable que su juicio clínico esté interferido por procesos emocionales asociados con la atracción, o que su conducta profesional pueda igualmente estar afectada por dichos procesos emocionales, o que observe que dichos procesos emocionales en el consultante pueden afectar el resultado del proceso terapéutico, está en la obligación ética de remitir al consultante a otro profesional.

En síntesis, las relaciones de empatía entre psicólogo y consultante son normales, lo que no es normal es que el psicólogo termine enamorado de su consultante, o que se aproveche de esa situación para lograr favores afectivos o sexuales.